Pasarse 8 años de largo


 

Es lo que pasa a veces: el tiempo pasa como si nada. A la bartola. Se siente pero a la vez uno no se da cuenta. Es raro.

Es decir, tengo claro que no todas las personas miden el tiempo de la misma manera. El tiempo, finalmente, es tan relativo como lo propuso Einstein pero por razones que escapan a las leyes rígidas de la física. El tiempo es relativo porque nunca se siente igual. Cuando suena el despertador a la mañana, esos minutos posteriores al fatídico sonido que te despierta, vuelan. Literalmente vuelan. En un momento mirás la hora, desviaste la mirada pensando en, no sé, qué ropa te vas a poner para ir al trabajo y cuando volviste a mirar, convencido de que fueron apensa segundos se meditación, quince malditos minutos se escurrieron como si te hubieran abducido los extraterrestres y se te hubiera borrado la noción de la realidad. ¿Cómo fue posible? Al revés: sala de espera de cualquier cosa, estás apurado. Los quince minutos parecen mil. Bueno, lo que ya se sabe. Perdón por la obviedad.

A eso me refiero, entonces. Y como argentinos a las cosas, retomo esta bitácora como si nada. 8 años es bastante tiempo. Bah, ahora lo es. Cuando era adolescente, la medida de tiempo no constituía nada importante por fuera de la curiosidad aritmética de "¿cuántos años voy a tener en tal año?" y nada más allá.

El tema es que hay días en que siento que necesito decir cosas. Otros días, en cambio, siento todo lo contrario: que no tengo NADA qué decir. Que lo que yo pueda decir, para ser más exacto, no tiene ninguna importancia. Funciona así. Lo siento, yo no hago las reglas.

Los tiempos de pesadumbre son benéficos para la expresión. La necesidad de hablar (escribir, más bien) se potencia cuando alrededor todo parece en crisis. Argentina es un país de ciclos y esa singularidad se vuelve un toque agotadora. Ver al futuro repetir el pasado, como decían los de la Bersuit, es, cuanto menos, doloroso. Es saberse siempre al borde del desastre, siempre caminando por el borde del precipicio.

A veces pienso que está muy bien ese chiste de "estoy aburrido - estabas", pero hay momentos en que quisiera un poco de normalidad escandinava, de aburrimiento nórdico en el quehacer nacional. No vivir constantemente sentados arriba del hormiguero. No ver otra vez la miseria en la calle, la desesperación en las caras de la gente que me cruzo. Otra vez como en el menemismo, la Alianza y el macrismo. Otra vez sopa, la misma canción fúnebre repetida hasta en las comas. Es increíble que una mayoría electoral circunstancial decida cada tantos años el suicidio social argentino. ¿Cuál es el defecto de origen que causa semejante comportamiento? Tenemos un glitch como sociedad que cada tanto nos obliga a ir, como los Lemmings, en fila india caminando hacia el abismo. No hay otra explicación. Y después de presenciar varios de estos ciclos (cada uno se cobró su costo sobre mi vida, eso seguro), uno como que empieza a cansarse.

Milei es el gerente demencial de un poder permanente que requería de esa clase de elemento para llevar adelante un ajuste salvaje que nadie se animó a hacer en esta dimendión y profundidad. No quiero imaginar la sorpresa de esta gente cuando vieron que la brutalidad de la motosierra no causaba una rebelión como la de 2001. Porque ellos no cambiaron pero es evidente que la sociedad argentina sí cambió. Porque la crisis permanente embrutece pero a la vez educa. Lo hace a un nivel subcutáneo de la conciencia. Educa en la desesperanza, en el sobresalto constante (como dijera en su momento Esteban Bullrich: "los argentinos deben aprender a vivir en la incertidumbre"), en la certeza de que todo puede irse al carajo de un día al otro.

Entonces, si tenías donde vivir, puede que amanezcas con un colchón y tu familia en la calle; si tenías trabajo, ya no lo tengas y te enteres por whatsapp de tu nueva situación; si tenías un auto, lo tengas que vender para pagar tus deudas y si tenías alguna esperanza en el futuro, ya no sepas si mañana vas a comer, siquiera. Dice Bane en la peli The Dark Knight Rises: "la verdadera desesperación solo puede ocurrir si antes hubo esperanza". Ese es el plan maestro de todos estos procesos, desde 1955 hasta hoy. O como lo dice Antonio Scurati en su novela sobre Mussolini: "el socialismo prometió felicidad, casa, ocio, comida y trabajo. Pero la vida no es nada de eso. La vida no es feliz. El fascismo no cometerá el error de prometer nada de eso". Más o menos, citado de memoria.

Entonces, lo que educa es el dolor, la desesperación es lo que te amaestra. Te vuelve resignado, te quiebra, te transforma en el tío Tom, desclasado, disfórico, militante de pelear por el último salvavidas a flote en un mar de mierda que tiene la marea en crecimiento. Por ahí antes apareció la palabra que creo clave: quiebra. Quebrado. Roto. Imposible de volver a enderezar. La vista al piso, aterrado y a la vez comvencido de que "había que hacer cirugía mayor sin anestesia", uno de los eufemismos con que el poder argumenta para que te entusiasmes en tu propia extinción. Un plan maestro, como he dicho. Una aspiración de dominio final de larguísima data que tardó 70 años en triunfar pero ahora, que queda en evidencia que de esos 70 años de Peronismo que tanto lloraban los gorilas en el llano, ellos gobernaron 51 años contra 19 dispersos, intentos del Movimiento Nacional de dar una certeza, un orden y un horizonte de esperanza. Algo que, ahora mismo, parece una ficción de poca monta. Un cuento para niños. Los Dueños de la Argentina han tomado finalmente la suma del poder y para quitárselos, hará falta un evento que deje a la Revolución Francesa o Rusa como sendos compleaños de 15. Es decir, algo que, en este país, nunca va a ocurrir.

Porque esa es otra clave de este tema: la "posibilidad". Muchos, entre los que me voy a incluir por razones que rozan la falsa modestia, pero que en verdad nunca creí, esperaron en este año y medio algo que detonara la situación social e hiciera estallar todo como en los días épicos del 2001. Pero, como en el poema atribuído a Brecht, cagaron a palazos a los jubilados y no pasó nada. Luego gasearon a una nena de 10 años y detuvieron bajo cargos de terrorismo a un montón de gente desarmada que pasaba al azar por al lado de la policía; y tampoco. Y después le destrozaron la cabeza a un fotógrafo con una granada de gas y dejaron tuerto a un menifestante y tampoco pasó nada y así. Nada. NADA hizo detonar lo que no tenía pólvora en primer lugar. El blando conformismo, la zona de confort del gorilismo satisfecho hizo su trabajo. El resto, bueno, para ejemplo está Grecia y su eterna caída sin fondo. Una crisis sin fin que es, en sí misma, un statu quo en el que la alianza de clases dominantes pervive y prospera sin límite. 

Si gobernar es elegir a quién vas a perjudicar (yo siempre digo "cagar", pero bueno, se entiende igual), los ricos necesitan que haya pobres para ser lo que son. No es al revés. En un esquema como el de Argentina 2025, la plusvalía la generan la especulación financiera y el recorte de los gastos estatales alguna vez definidos por la Constitución Nacional. Nada más. Los trabajadores son superfluos y los jubilados, los ciudadanos enfermos o discapacitados, una carga cuya solución final todavía no apareció, pero que no será muy distinta de la aplicada en la Alemania nazi. Porque todo esto tiene lógica si se aplica la misma solución para lo que ellos consideran que es el mismo problema. Resultado: un país 80/20, con la mayoría librada a su suerte y encima votando por su propia destrucción. El sueño húmedo de la oligarquía transnacional, el logro de los gerentes de turno para sus patrones eternos.

Ese es el panorama que me obligó a escribir otra vez, porque siento que si no dejo salir de alguna manera esto que llevo adentro voy a reventar. Porque ya no creo en nada ni en nadie en lo que respecta a la política y mis ilusiones, mi esperanza en un cambio, todo, están bien muertos y mis expectativas sobre mis conciudadanos, venida abajo como un zepelin de plomo. Por eso escribo. Mal, seguramente. Me perdonará el lector o lectora. Tengo demasiadas cosas en la cabeza y demasiado cansancio mental y espiritual como para hacerlo mejor.

MP





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