EL PAÍS DE LA LIBERTAD
Entonces, la libertad, ese valor fundante que las minorías terratenientes, posteriormente industriales y últimamente financieras, reclaman como su derecho de nacimiento. En 1852, cuando por fin los liberales encontraron a un estanciero entrerriano que aceptó traicionar a Rosas y lo derrocó en exclusivo beneficio de la clase comercial porteña y sus socios latifundistas, la libertad llegó como un bálsamo para los menos y una peste para todo el resto, algo que se probaría velozmente con las expediciones militares punitivas para someter al interior de la recién "organizada" Argentina por parte de la dictadura de Bartolomé Mitre, quien impuso los beneficios de la libertad a los incivilizados provincianos a sangre y fuego, degollando y fusilando a cualquiera que no abrazara con fervor y sus bienes la causa libertadora porteña. Entregando la soberanía del país al capital expansionista británico, las locomotoras de Liverpool llegaban a las provincias a la par de los escuadrones de la muerte del Ejército de Línea. La "tiranía" rosista era un recuerdo. Había llegado juntas la libertad de morir fusilado y la libertad de morirse de hambre.
Desde entonces, cada golpe de Estado se ejecutó en nombre de la libertad. La misma clase social y el mismo sistema de ideas, cada vez, contaron con los relatores del sofisma de la idea fuerza. En 1955, acaso por su carácter restaurador de lo que había ocurrido 97 años atrás, se auntonombró con dos mentiras: Revolución y Libertadora. Porque una chirinada cívico, militar y eclesiástica que derroca a un gobierno constitucional dista mucho del origen de la palabra revolución y, en tanto y en cuanto su único objetivo es retrotraer el estado de las relaciones sociales a los tiempos dorados de la factoría pampeana, con la riqueza de 100 familias sustentada en la miseria de millones privados de derechos mínimos, difícilmente pueda calificarse de libertadora.
No es novedad que el monetarismo friedmanita que tuvo su origen en la Universidad de Chicago y que tuvo su primer laboratorio de aplicación en el Chile post golpe de Estado en 1973, se caracteriza por ser la actualización doctrinaria del viejo liberalismo modelo Adam Smith, colocada infinitamente más a la extrema derecha. Allí también capeó el sonsonete de la libertad, aunque había cambiado levemente de sesgo: ahora era la libertad en oposición al comunismo soviético y cualquiera de sus variantes. El Demogorgon rojo asomaba como la excusa ideal para ajustar los cinturones de Occidente y formular la doctrina que permitiera meter a la fuerza en caja a la protesta social que años y años de ajuste regresivo había generado. Y "a la fuerza" es eufemismo por represión, torturas sistemáticas y desaparición física de aquellos señalados como enemigos de los valores occidentales y cristianos o agentes de la disolución nacional. En ese momento, la expansión del neoliberalismo (la verbigracia explicativa del monetarismo de Milton Friedman) crea su propia praxis de protección: la Doctrina de la Seguridad Nacional, la aplicación de un plan represivo creado por la inteligencia yanqui y desparramado a nivel continental por la Escuela de las Américas, el campo de entrenamiento de torturadores y secuestradores de niños. Todo en nombre de la libertad.
En el enchastre argentino, el año 2001 actuó como una enseñanza efímera que ni siquiera los 40 asesinados por el gobierno en huída hizo durar lo suficiente. Los muertos liquidados por la policía el 19 y 20 de aquél diciembre tremendo importaron menos que los ahorros de la clase media retenidos por los sucesivos corralito y corralón de Cavallo en su segunda encarnación (por si hay que buscar antecedente de la reencarnación actual del Toto Caputo y su furia endeudadora, intacta después de haber sido despedido por el gobierno macrista a pedido del mismo FMI que ahora lo festeja). Eran tiempos de una alianza forzada de clases ("piquete y cacerloa, la lucha es una sola") que finalizó abruptamente cuando un gobierno provisional peronista devolvió la plata. Fue instantáneo. Esos simpáticos pordioseros que cartoneaban para vivir, dejaron de ser aliados para ser una molestia que cortaba las calles e impedían el desplazamiento normal de los vehículos de la gente de bien. Y dado que cada época tiene su narrador, a este tiempo lo describió con certeza Alejandro Dolina cuando, ante una pregunta coyuntural sobre piquete y cacerola respondió: "permítame desconfiar de una revolución comenzada por ahorristas".
Pero no voy a volver a contar lo que ya todos saben, aunque algunos miren para el otro lado. Voy a decir, sí, que la palabra libertad es el comodín de la derecha para señalar el punto de partida de la supresión de derechos y el comienzo de un ajuste que, con cada gobierno neoliberal, se vuelve más salvaje y profundo.
En resumen, el país de la libertad es para unos pocos. Siempre lo ha sido. En ese país, la mayoría sobramos.
MP


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